
De los casettes grabados en la primavera alfonsinista al pogo más grande del mundo en River. Un recorrido íntimo por la fiebre ricotera, donde las letras del Indio Solari se convirtieron en el soundtrack de una vida y la historia de una banda mítica se entrelazó con los momentos más importantes de toda una generación.
Por Daniel Accornero
El tipo que más me hizo reflexionar durante mi adolescencia. Aquel que me hizo poder pensar y dudar todo. Cuando en la primavera alfonsinista, con apenas 13 años, empecé a escuchar a esa banda que me recomendó un amigo con más recorrido, no sabía que era de otra época. Venía del futuro y hablaba desde el pasado.
Época de pasarnos casetes, de intentar grabarlos a cualquier costo, de pedir los vinilos de Gulp, Oktubre y El Baión para pasarlos a cinta. Ahí, entre el ruido blanco y la estática, aprovechaba para apreciar el arte de tapa de Rocambole y descifrar letras complejas. En ese desciframiento, el Indio Solari me dijo que la violencia nace y se manifiesta desde la mentira. Me dijo que uno se hunde en su propia herida. Me enseñó a hablar del amor y también a sufrirlo.
El bautismo de fuego llegó a fines de octubre de 1989. Satisfaction Pub, Bernardo de Irigoyen al 1400, Constitución. Presentación de Bang! Bang! Estás liquidado. Sacamos la entrada en la puerta, con la particularidad de que la vendían a través de la ventanilla de un micro escolar. Decían que una de las que cobraba era la Negra Poly. Otros tiempos, sin tecnología, sin masividad. Que la suerte de principiante no falla, pero el que abandona no tiene premio. Y nosotros no abandonamos. Nos pegó tanto ver a ese frontman magnético que se nos impregnó de inmediato la fiebre ricotera.
A través de los años fuimos peregrinando. Los Obras, el día después de la muerte de Walter Bulacio… Me enseñó que seremos vencidos y también vencedores, aunque esto último cuesta vida.
Y luego, el recordado show al aire libre en las canchas de hockey. 25.000 ricoteros. El escenario «flameaba» ante la locura colectiva, suspendido a la mitad. Recuerdo caminar por avenida Libertador con amigos deambulando con ristras de chorizos como collares, helados y latas al por mayor, tras el desbande generalizado y los negocios arrasados. Me dijo que el diablo está en todas partes, pero que uno puede burlarlo. Y frente a la represión, me dijo de qué lado de la mecha hay que estar, porque el golfo no pasa de moda, solo cambia de coordenadas. Sentíamos que esos hombres con superpoderes y leyes bases hacen mucho daño.

El Centro Municipal de Exposiciones, Parque Sarmiento, Autopista Center… fueron los lugares sagrados donde la creciente masividad chocaba con el sonido. Que siempre habrá una pared, que le de esperanza al pueblo, que sabe interpretar, y en esas paredes estaban los murales de Rocambole. En el delirio de los pogos, en la liturgia de la calle, entendíamos sus advertencias crípticas y viscerales: Y que el perro nunca mira al cielo. Que nunca hagan caca en su jardín. Y que jugando al cordero te van a carnear.

Después llegaron los estadios. Huracán en 1994, Racing en 1998. Recuerdo cuando con un amigo de la infancia, en pleno éxtasis en Obras, nos decíamos a los gritos: «¡Hasta River no paramos!». Y casi 10 años después, eso se dio. Los shows en el Estadio River Plate, el 15 y 16 de abril de 2000, marcaron un hito.
Más de 150.000 personas en la gira de Último bondi a Finisterre. Allí, antes de tocar Ji ji ji, el Indio pronunció la frase que inmortalizó el momento en el imaginario popular: «Vamos a hacer lo que la prensa ha dado en llamar el pogo más grande del mundo».

Pero todo ciclo tiene su ocaso. Dolió la separación posterior. Se fue una parte de la adolescencia, de los momentos compartidos con mi novia, luego esposa, y amigos. Esa liturgia hermosa de comprar la entrada y esperar el día como si no hubiese un mañana. Uf… empezando por el final, sabe que queda cuerda y quedan cosas inconclusas.
La parte solista del Indio Solari no la acompañé con la misma asiduidad en vivo, pero sí escuchando y analizando cada tema. A veces, no siempre sé muy bien sobre qué pierna bailo, porque el día a día trae desafíos nuevos. La vida adulta pesa, pero que el alma vibra, sabe que todavía puede, aunque el cuerpo ya no acompañe tanto.
Hoy miro hacia atrás y encuentro medio consuelo en sus letras, medio letras a las canciones de mi vida. Porque uno piensa que termina con él, y en realidad recién acaba de empezar. Queda una obra que seguirá siendo escuchada, debatida y amada por generaciones que ni siquiera habían nacido cuando los Redondos tocaban en clubes de La Plata. Eso, en definitiva, es lo que distingue a los grandes: las mentes brillantes son eternas, y sus discípulos cantaremos canciones.
Se va un hombre al que voy a extrañar, y nace una leyenda nacional. Una más de las que este pueblo supo dar.
Otro gladiador con pluma y rock.




