
Por Daniel Accornero
Con una melodía que apareció mientras manejaba y una historia que mezcla experiencia personal con idealización, Ema Peñalba transita un presente de crecimiento artístico impulsado por el lanzamiento de Cucharita, un single donde confluyen el pulso afro, la impronta latina y una búsqueda sonora que prioriza tanto la emoción como el movimiento. Músico desde la infancia, actor y dueño de oído absoluto, Peñalba habla en esta entrevista con Pogo de Rock sobre su proceso creativo, la obsesión por el detalle, el peso de las influencias, el aprendizaje vocal y el desafío de encontrar el equilibrio entre la perfección y el momento de soltar una canción para que llegue al público.
—Cucharita nace, según contaste, en una situación bastante cotidiana: manejando. ¿Cómo fue ese momento?
—Me pasa mucho que cuando voy manejando empiezo a tararear o a hacer ejercicios vocales, no sé por qué, pero es un momento donde aparecen muchas ideas. De repente surge una melodía y la grabo con el celular en una nota de voz. Después voy al estudio y empiezo a trabajar desde ahí. Muchas veces la propia melodía ya te dice de qué tiene que hablar la canción: si es triste, si es alegre, si es más íntima o más arriba. En este caso, la historia viene de alguien que conocí en una salida con amigos. Trato siempre de partir de algo real, aunque después, como intérprete, uno ficcionaliza.

—El tema tiene un groove muy marcado. ¿Qué te atrae de ese universo sonoro?
—Siempre me gustó lo latino, lo percusivo. Escucho mucha salsa, merengue, y también me encanta todo lo afro, las voces africanas me generan algo muy especial. Entonces cuando armé Cucharita empecé a sumar percusiones, muchas voces en el estribillo, como representando una especie de tribu. Me gusta generar alegría, movimiento. Es difícil escuchar salsa y quedarse quieto, por ejemplo. Yo voy por ese lado.
—En Argentina no es tan habitual encontrar referentes en ese estilo…
—No, referentes locales tengo, pero no dentro de este género. Soy muy fanático de Charly García, por ejemplo, que va por otro lado completamente distinto. Pero uno adopta recursos de lo que escucha. Quizás un acorde, una estructura, una forma de resolver algo. Después lo llevás a tu terreno.
—¿Te considerás obsesivo con el trabajo en estudio?
—Sí, demasiado. Estoy aprendiendo a ser menos así. Me ha pasado de componer una canción y tardar años en terminarla por querer que todo sea perfecto: agregarle cuerdas, sacar una conga, cambiar un sonido… y así no se termina nunca. Entonces trato de hacer lo mejor posible dentro del tiempo que tengo. Prefiero ofrecer algo que no ofrecer nada por seguir corrigiendo.

—¿Esa obsesión tiene que ver con cómo concebís el vínculo con tu público?
—Claro. Yo siento que estoy entregando algo y que el público se merece lo mejor de mí. Eso también genera ansiedad, porque querés que todo salga excelente y es imposible. Pero no me gusta lanzar algo y después pensar “podría haberlo hecho mejor”.
—Hoy la tecnología permite grabaciones cada vez más detalladas, pero muchas veces se escuchan desde dispositivos que no reproducen todo ese trabajo…
—Totalmente. Se graba con una calidad increíble, pero después lo escuchás en un auricular básico del celular y se pierden agudos, medios… un montón de cosas. Y la mezcla, el mastering, llevan un trabajo enorme. A veces está bueno destacarlo.
—Tenés oído absoluto. ¿Cómo convivís con eso?
—Hoy lo veo como una bendición, pero de chico era medio una condena (risas). Me hacían golpear vasos con una cucharita para que diga qué nota era. Pero para componer es una ventaja enorme: cualquier sonido puede convertirse en una idea. Aunque también tiene su lado complicado: si algo está apenas desafinado, no puedo seguir hasta resolverlo.
—Venís de una familia de músicos…
—Sí, mi abuelo tocaba el arpa y mi papá muchos instrumentos. En casa había guitarras, pianos… música por todos lados. Yo quería demostrarles que podía hacer lo mismo que ellos. Mi papá me metió desde chico en coros, bandas… con ocho años ya acompañaba con piano a una caravana coral.
—¿Seguís tomando clases de canto?
—Sí, con Erica Morelo, la hermana de Marcela Morelo. Me salvó la vida. Me enseñó técnicas para no dañarme, a cuidar la voz, a ser consciente de malos hábitos. Hoy puedo hacer un show de dos horas y terminar como si nada.
—¿Qué cambió a partir de ese trabajo?
—Aprendí que no se canta solo con las cuerdas vocales, sino con todo el cuerpo. Si estás tensionado o estresado, eso impacta en la voz. Incluso las expresiones ayudan a colocarla mejor. Yo antes trataba de no gesticular para que el público no viera ciertas caras, pero en realidad necesitás poner el cuerpo para transmitir.
—También sos actor. ¿Eso suma?
—Muchísimo. Me ayudó a perderle el miedo al escenario. Desde chico hacía teatro, entonces subirme a un escenario se volvió algo natural.
—En cuanto a las influencias, ¿cómo evitás caer en la copia?
—Creo que todos adoptamos cosas de lo que escuchamos. A mí me dicen que tengo algo de Ricky Martin, pero no es que lo copie. Puede ser alguna colocación vocal. También escuchás a Fabiana Cantilo y encontrás similitudes con otros artistas. Es inevitable. Como cuando ves jugar a Lionel Messi y lo comparás con Diego Maradona.
—¿Cómo se vive el feedback del público con una canción nueva?
—Es increíble. La primera vez que vi gente cantando Cucharita, algunos sin conocerla, casi me largo a llorar. Había 120 personas, pero que te presten atención hoy, con todas las distracciones que hay, es muchísimo.

—¿Qué viene ahora?
—Arrancamos el año tranquilos. Venía de hacer uno o dos shows por fin de semana y necesitaba bajar un cambio para dedicarme a los lanzamientos. Hay que hacer videos, fotos, contenido… y también pasar horas en el estudio, porque ya estamos trabajando en lo que sigue.
—Si tuvieras que definirte en una palabra…
—Soñador. Y alguien que quiere motivar y ayudar a otros. Yo estoy cumpliendo un sueño y quiero demostrar que se puede. Con amor, todo sería distinto.






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