
Por Daniel Accornero
La música, el cine, el dibujo, la actuación y la composición conviven en el universo de Lola Parda como si fueran parte de un mismo lenguaje. Con “Dolores”, su proyecto más íntimo y ambicioso, la exintegrante de Perotá Chingó construye una obra donde cada canción se transforma en una escena y cada escena en una extensión emocional del disco. El primer capítulo, América, funciona como puerta de entrada a una película musical atravesada por el jazz, el bolero, el rock, el tango contemporáneo y una sensibilidad profundamente cinematográfica.
En esta entrevista, Lola habla del proceso creativo detrás de “Dolores”, de cómo el dolor puede convertirse en arte, de su faceta como compositora y directora, de la experiencia de trabajar junto a Leonardo Sbaraglia y otros artistas, de la búsqueda estética del proyecto y de un show que propone mucho más que un recital: una experiencia sensorial completa.
—Venís de una jornada larguísima de entrevistas. ¿Cómo te llevás Lola con eso de contar y difundir tu obra?
—Antes me costaba más. Creo que ahora le estoy encontrando el gusto a compartir lo que hago y a disfrutar también de contarlo. Me parece que tiene que ver con vencer ciertos miedos personales. La música siempre fue mi forma más natural de expresión, entonces pasar todo eso a la palabra es otro ejercicio. Pero está bueno, porque también te obliga a entender más profundamente lo que hiciste.
—¿Por qué elegiste “América” como punto de partida para presentar este universo de “Dolores”?
—Porque me parecía un mensaje muy fuerte para empezar. Dentro de todas las canciones del disco, “América” es quizás la que más termina de explicarse visualmente. Cuando terminé el álbum apareció la idea de hacer una película alrededor de esas canciones, y este capítulo fue el primero que imaginé. Ahí entendí que cada canción tenía una historia propia, una imagen, una emoción distinta. “América” fue la chispa inicial de todo.

—“Dolores” no es solamente un disco. Hay cine, animación, actuación, dibujo. ¿Cómo nació esa estructura audiovisual por capítulos?
—Fue un proceso que trabajé mucho con Madretierra Evans Kurchan, que además hizo la fotografía de tapa del disco y me acompañó durante toda la etapa visual. Empezamos a pensar qué había detrás de cada canción y apareció la idea de una película donde cada capítulo fuese un tema del disco. Fue la primera vez que escribí, dirigí y actué algo cinematográfico. Y en el medio descubrí otra capa expresiva: el dibujo y la animación. Ahí sentí que el universo terminaba de completarse.
—Además hay una identidad muy porteña en todo el proyecto...
—Sí, totalmente. Yo quería que se sintiera Buenos Aires. Que tuviera algo tanguero, cinematográfico, nocturno. Todo el proyecto está hecho en Argentina: los músicos, los estudios, la filmación, la edición, la mezcla. Me parecía importante que eso también estuviera presente en la imagen y en el sonido.

—¿La música aparece antes que la imagen o sucede al revés?
—Generalmente primero aparece la música. Pero en “América” las dos cosas vinieron juntas. Era tan clara la historia y tan concreto el mensaje que automáticamente veía imágenes mientras componía.
—Dentro de la película, el personaje de Dolores muestra distintas facetas emocionales...
—Claro. La idea era mostrar un día en la vida de una persona y todas las emociones que la atraviesan. En algunos capítulos se la ve poderosa, casi como una vengadora; en otros está rota o completamente sola. Creo que eso también pasa en la música: no somos una sola cosa, somos muchas versiones de nosotros mismos conviviendo todo el tiempo.
—¿Lola, cómo fue trabajar con artistas como Leonardo Sbaraglia, Alejandro Fain o Valentina Cabado?
—Una locura hermosa. Yo vengo de las artes plásticas, pero entrar en el mundo audiovisual con actores tan talentosos fue como hacer una maestría acelerada. Aprendí muchísimo. Lo de Leo Sbaraglia fue muy increíble porque yo le escribí con muchísima vergüenza. No sabía si estaba filmando con Almodóvar o qué. Pero le conté la idea, le gustó, y además propuso sumar a otros actores amigos. Muchas escenas terminaron creciendo a partir de la improvisación y del talento de ellos.
—Musicalmente el disco mezcla jazz, bolero, rock y otros climas muy distintos. ¿Cómo apareció ese cruce?
—Las canciones ya venían con un carácter muy marcado desde el comienzo. La historia definía el sonido. Después obviamente se trabajó desde la producción y ahí apareció mucho Lowrenz (Matías Lourenço) que es productor, arreglador y músico de jazz. Él aportó muchísimo desde ese lugar. También tiene que ver con todo lo que escucho. Soy muy curiosa musicalmente y eso termina apareciendo en las composiciones.
—¿Sentiste que era un proyecto arriesgado?
—Sí, pero también sentía que era necesario hacerlo así. Nunca dudé de la obra. No sé si está pensado para explotar inmediatamente o volverse viral. Lo que me interesaba era hacer algo con profundidad, con tiempo, con trabajo real detrás. Convocar músicos increíbles, construir una narrativa completa, hacer algo que permanezca. Y las devoluciones que estoy teniendo son muy lindas. Mucha gente me dice “qué valiente”.
—¿Creés que hoy cuesta apostar a proyectos conceptuales?
—Sí, porque todo parece apuntar a lo inmediato. Pero tampoco hay garantías en nada. Yo vengo de Perotá Chingó, que tuvo un recorrido enorme y muy genuino, y con este proyecto estoy buscando otra cosa. Estoy pensando más en la obra que en el resultado.
—¿Tu proceso creativo nace desde la intuición o desde una idea conceptual?
—Depende. Este disco apareció en un momento muy fuerte de mi vida, un momento de mucho dolor personal. Entonces fue muy claro lo que necesitaba decir. A veces el arte aparece justamente cuando una está rota. Y me fascina esa posibilidad de transformar algo oscuro en algo bello. Que una canción nacida desde el dolor después pueda darle felicidad o compañía a otra persona me parece una de las magias más increíbles del arte.
—Y después cada oyente resignifica eso a su manera.
—Totalmente. A veces alguien escucha una canción y entiende otra cosa completamente distinta a la que yo estaba diciendo. Y está perfecto. Ahí es donde la obra deja de ser tuya.
—¿Cómo se traduce todo ese universo al vivo?
—Con músicos increíbles y con una puesta muy teatral. El show mezcla música, proyecciones, escenas de la película, dibujos, animaciones. Me interesa que sea una experiencia y no solamente un recital. Además el formato cambia según el lugar: no es lo mismo tocar con piano, con proyecciones o en un espacio más íntimo. Cada escenario modifica la experiencia.

—El cierre de la gira (14 de mayo en La Tangente) parece especialmente importante.
—Sí, porque es el cierre del “Dolores Tour” y siento que ahí está el universo completo del proyecto. Hay siete músicos en escena, se sumaron coristas, viene un guitarrista desde Brasil, está Sergio Verdinelli en batería, Ramiro Flores en saxo, Mariano Sarra en piano, Lowrenz dirigiendo y tocando el bajo. Musicalmente es una locura hermosa. Y además van a aparecer partes de la película, animaciones y artistas invitados. Es una gran fiesta en casa.
—¿Qué parte del proceso disfrutaste más?
—La composición y tocar en vivo. Son los dos extremos que más amo. Pero también disfruté muchísimo todo el armado del disco porque fue un proceso sin apuro. Nos dimos tiempo para aprender, probar, experimentar y trabajar con gente que admiramos.
—¿Cómo componés? ¿Primero aparece la letra o la melodía?
—Casi siempre aparece primero la melodía. A veces nace desde una frase, otras desde una progresión en guitarra o piano. La letra después se va acomodando. Me gusta mucho trabajar desde la intuición melódica.
—Hoy, si tuvieras que definir quién es Lola Parda, ¿qué dirías?
—Creo que me definiría como compositora y artista multidisciplinaria. La composición ocupa un lugar enorme en mi vida. Incluso escribo para otros proyectos y tengo un trabajo muy de taller, más silencioso, que me encanta. Durante la pandemia entendí realmente que también era compositora y empecé a explorar mucho más ese mundo.
—Incluso están trabajando en un songbook de cien canciones...
—Sí. Con Nicolás Anda y mi hermana Juana Aguirre empezamos un proyecto de cien composiciones. Ya tenemos sesenta y ocho. La idea es construir una obra colectiva de canciones que quizás grabemos nosotros o quizás no. Algunas son personales, otras ficticias, algunas infantiles. Me encanta escribir para niños porque es uno de los ejercicios más difíciles y más libres al mismo tiempo.

Lola Parda y su universo
“Dolores” no parece pensado para consumirse rápido. Es una obra que pide tiempo, atención y sensibilidad. Un proyecto donde Lola Parda se anima a romper formatos, mezclar disciplinas y transformar emociones íntimas en una experiencia artística total. Entre canciones, imágenes, dibujos y escenas, construye algo cada vez menos frecuente: un universo propio.




