
Por Daniel Accornero
Un mediodía frío de mayo en San Telmo. El viento cortante se cuela entre los adoquines de Defensa y las persianas de los locales aún no se han levantado del todo, pero en la sala de un café de esquina, la temperatura parece subir apenas cruzan la puerta Malena y Leila Palmiro. Conocidas artísticamente como Male y Lei, el dúo de hermanas mellizas llega muy lookeadas: abrigos de corte impecable, botas estructuradas, maquillaje y una presencia que no pide permiso. Hablan con una oratoria pulida, firme y decidida, como quien lleva años ensayando no solo melodías, sino también la forma de sostener una conversación.

Vienen a presentar “Diamante en Bruto”, el primer tema que crearon juntas y la piedra angular de un EP que promete consolidar una identidad sonora tan ecléctica como inquebrantable. Entre el aroma del café y el bullicio tenue del barrio, nos sentamos a conversar sobre música, herencia y la decisión de no dejar que el talento se quede en casa.
— La música en su casa no fue una elección tardía, fue un destino. ¿Cómo fue ese tránsito del “juego” a la profesionalización?
Leila: Siempre fue un hobby. De chiquitas tomábamos clases de canto, baile, comedia musical… todo juntas, en modo juego. Hasta que nos dimos cuenta de que ocupaba un espacio mucho más grande en nuestras vidas. Ahí decidimos: si esto va a ser algo, va a ser Male y Lei. Nunca pensamos en hacerlo por separado.
Malena: Y nuestros padres lo vieron venir. Más que verlo venir, lo esperaban. Papá ya estaba buscando un tecladista para formar una banda cuando conoció a mamá, que era cantante. De ese encuentro no solo nació un proyecto, sino nuestra familia. Nos criamos entre micrófonos y teclados, jugando en la sala de ensayo mientras ellos ensayaban. Era lo más natural del mundo. Cuando dijimos “queremos hacerlo profesional”, ellos ya estaban ahí, acompañando desde el minuto cero.
La conversación fluye con la misma sincronía que sus armonías. No se interrumpen, se complementan. Cuando les pregunto por el proceso creativo, explican que desde el inicio se plantearon una regla clara: no encerrarse en un solo género. Su fórmula es híbrida: parten de una temática, definen un sonido y luego el idioma se adapta al concepto. Para “Diamante en Bruto”, trabajaron codo a codo con la compositora Ann Ride (AQ Rod), el productor Diego Denegri y el ingeniero de voces José Luis Pagán. La grabación viajó por tres estudios clave: REC Estudio en Mendoza, Woman Studio en Buenos Aires y la masterización final en UPM Studio, Miami.

— ¿Cómo manejan las diferencias creativas? ¿Quién cede primero cuando la discusión se pone tensa?
Malena: Hay un ida y vuelta constante. A veces pensamos exactamente lo mismo, nos miramos y ya sabemos. Otras veces, si una está muy cerrada en una idea, la otra plantea otra cosa. Tratamos de llegar a un 50/50. Si no, hoy decide una, mañana la otra. Y si nos trabamos, papá media.
Leila: Él es crítico, sí, porque le toca la producción y tiene que serlo. Pero nos comunicamos muy bien, tanto en lo laboral como en lo familiar. Aprendimos a separar: si hay un desacuerdo en el estudio, pasa cinco minutos, se cierra la puerta del trabajo y se abre la de la hermandad. Si no, no se puede funcionar.
— “Diamante en Bruto” habla de empoderamiento, de romper la “caja de cristal” y reconectar con el valor propio. Musicalmente fusionan pop, funk y disco con ecos de los 70 y 80. ¿Fue una búsqueda consciente o una herencia natural?
Leila: Un poco de las dos. En casa se escuchaba todo: lo internacional y más popero de papá, lo latino y cálido de mamá. Eso nos dio una base ecléctica. Con este tema queríamos transmitir liberación. Habla de sentirte un diamante en bruto: alguien que reconoce su luz interna después de estar atrapado en miedos. Musicalmente, queríamos mezclar lo contemporáneo con la estética de aquellas décadas, sin quedarnos en un molde.
Malena: Y no solo es la letra. Pensamos todo, incluso, desde el vivo. ¿Cómo va a sonar? ¿Qué energía queremos transmitir? Eufórica, energética, con mucho power. Eso lo trabajamos junto a nuestro equipo de dirección escénica. Cualquier canción que cranearamos, automáticamente pensamos: “¿Cómo se va a sentir en el escenario?”. Si no funciona ahí, lo repensamos.

Su entrenamiento vocal lleva casi nueve años bajo la tutela de Constanza Luer, creadora de sus arreglos y coros. En el estudio, graban primero una base, dividen partes, buscan armonías y dejan que la espontaneidad entre en juego. Aunque admiten ser perfeccionistas por igual, están aprendiendo a soltarse. El resultado: voces que se fusionan sin competir, donde la agilidad de Leila y el peso emotivo de Malena se reparten en un 50/50 calculado, pero nunca frío.
— ¿Y cómo fue recibir el feedback directo? ¿Les pasó que la gente se identifique con un tema que ustedes no esperaban?
Malena: Increíble. Veníamos trabajando mucho, ensayando con músicos, con el equipo… y subirse al escenario es otra cosa. La gente conecta de otra manera. Hay canciones que uno cree que van a resonar más, y resulta que otra es la que la gente se lleva. Eso te enseña humildad y te confirma que la música es un diálogo, no un monólogo.
Leila: Para mí, el vivo es lo más lindo. Es cuando uno más conecta. Sentir la energía de los músicos, del público… es pura euforia. A fin de año queremos cerrar con un show completo. Ya estamos en las últimas etapas de ensayo, y la idea es que todo esté listo para lanzar fechas antes de que termine el año.

— Con el EP en puerta, ¿qué le dicen a quienes los siguen desde el inicio y a quienes recién los descubren con este nuevo sonido?
Malena: Que confíen en el proceso. Que este cambio no es un giro arbitrario, es parte de nuestra búsqueda. No nos quedamos en la zona de confort. Queremos seguir probando, fusionando idiomas, creciendo con la gente. El talento sin perseverancia no llega a ningún lado. Ponemos el 100% en cada nota, en cada ensayo, en cada detalle.
Leila: Y que disfruten. A veces el perfeccionismo nos juega en contra y nos olvidamos de vivir el momento. Pero la música se hace con esfuerzo, sí, pero también con pasión. Esperamos que se sienta.
El frío de mayo sigue afuera, pero la conversación se cierra con una energía que no necesita calefacción. Male y Lei no solo son hermanas; son un proyecto forjado en la constancia, en la herencia musical y en la decisión inquebrantable de caminar juntas. “Diamante en Bruto” es solo el primer destello. El resto, prometen, brillará en vivo. Y en San Telmo, entre adoquines y cafés, ya se siente el eco.

BIOGRAFÍA DE MALE Y LEI
Malena y Leila Palmiro son Male y Lei, hermanas mellizas nacidas en una familia donde la música siempre fue protagonista. Su historia comienza antes de que nacieran: Mariana, su madre y también cantante, buscaba a sus 17 años un pianista para formar un dúo musical. Así conoció a Pablo, padre de las mellizas, tecladista, baterista, cantante y productor. De ese encuentro artístico nació no solo un proyecto, sino también la familia que años más tarde recibiría a Malena y Leila.
Criadas entre escenarios, ensayos y estudios, las hermanas Palmiro afirman llevar la música en la sangre “desde la panza de mamá”. Para ellas, la vocación siempre fue clara y el camino, compartido. Unidas por su pasión y también por sus gustos musicales, su estilo al vestir, sus hobbies y su forma de ver el arte, supieron desde niñas que cada paso en su carrera lo darían juntas.
Desde muy temprana edad mostraron una fuerte atracción por el canto, la danza y el teatro. A los 9 años comenzaron a estudiar comedia musical, formación que luego complementaron con clases de canto y danza que continúan tomando en la actualidad.
Aunque la idea de tener un proyecto propio las acompañó siempre, recién en febrero de 2023 decidieron concretar ese sueño y dar inicio a “Male y Lei”. Le plantearon la propuesta a su padre, Pablo, quien con entusiasmo se sumó al camino como parte de la producción. Poco después se incorporó Diego Denegri, encargado de la producción musical, seguido por Ann Ride, su principal compositora, y José Luis “Pepe” Pagán, destacado en producción de voces. Con este equipo definieron el estilo, los mensajes, las sonoridades y los objetivos del proyecto.
El trabajo en estudio comenzó con un proceso colaborativo: junto a Ann conversaban sobre letras y temáticas. Las mellizas tenían claro el concepto de su primer single, transmitían la idea, Ann escribía y luego pulían las propuestas hasta lograr una base sólida. En paralelo, enviaban referencias musicales a Diego Denegri para guiar el género y los sonidos que buscaban, avanzando paso a paso hasta alcanzar las versiones finales.
Con una identidad forjada en la herencia familiar y en una búsqueda artística compartida, Male y Lei presentan una propuesta donde la hermandad y la música son inseparables.





